sábado, 6 de diciembre de 2008

esta es la historia de un dios azul



Esta historia comienza dentro del sueño de uno de los sueños de un Dios azul.
¿Qué si yo conocí esta ciudad?
Yo fui quien soñó el sueño y se olvidó que lo soñaba
Todo se remonta a este caluroso día de mayo, un día en el que respirar duele, con mocos hechos costras dentro de la nariz, detrás de la frente y en el centro de las mejillas, donde respirar profundo arde, como una esponja que retira la humedad del cuerpo en cada exhalación, donde pisar la cantera tiene que ser a ojos cerrados para no insolarse.
Era un día tan caluroso, tan caluroso que no había nariz asomada fuera de los dinteles de las puertas, siquiera una ventana abierta. Los pobres tenderos estaban como zombies, los choferes de los autobuses que no tenían aire acondicionado (o sea, casi todos) eran zombies conduciendo, los que eran conductores violentos ya hacía horas habían chocado o descompuesto sus motores en su ira.
Mi ciudad es vista desde un auto que desciende las curvas altas para llegar al llano, ocupado por una ciudad asfaltada, cables colgando, cantera reflejando el sol, postes por árboles, edificios sin jardines, estacionamientos de autos que antes fueron huertas, supermercados con techos plásticos, tres ficus y trescientos carros. En esta historia que comienza en una ciudad que alguna vez se sabe tuvo cactus
Regresaba con mi mamá de la Sierra Madre Oriental, con un helecho raro, de flores y esporas que brillan en la oscuridad que abrazaban la piedra. Cuando lo encontré estaba rodeado de agua de río y en un montículo elevado, tomando con las raíces, como lo haría un puño, la piedra roma. En el campamento siempre la veía y le platicaba de cómo iba a extrañar el agua y los árboles, la invité a venir conmigo el día de regreso y voló una florecita a mi mano. Por eso viene conmigo en el asiento dentro de una cubeta. No le dí importancia, pero conforme llegamos a la ciudad se yerguen y engrosan sus tallos. En la gasolinera algunas hojitas caen sobre la gasolina y el asfalto. Pobre asfalto, pobre gasolinera, sería la última vez que sería negras.
Llegué a mi casa y la puse en el centro de mi sala, pero empezó a entristecer. Entonces la puse entre las plantas acostumbradas al calor para regarla como sin nada con ellas, cayeron algunas hojas en el proceso y esas hojas las barrí y se fueron al bote de la basura. Aquí el camión de la basura pasa como a las once de la noche, se llevaron la bolsa con las hojitas, quien lo iba a pensar, pero cerrada la bolsa empezó a adherirse en todo el plástico; para cuando llegó esa bolsita al depósito final, era un helecho completo que contagió el plástico cercano hasta llenar el lugar. Un raro caso de una especie amante del petróleo.
En una ciudad tan seca las ventiscas son cosa común, cada bolsa que volaba, cada envoltura, llevaba impregnado un helecho a cuestas, hasta que al cabo de unos cuantos días se veían hermosos brotes verdes y floridos por la carretera y los cables tenían un cable de hierba adicional. A las dos semanas uno podía disfrutar un auténtico camino de hierba, el asfalto había mutado el helecho en un musgo, que con todo atraía insectos y reptiles. Esto dejó de ser simpático cuando las llantas ya no pudieron rodar. Al mes, todas las llantas estaban inutilizadas, eran verdaderos criaderos de flores, la pintura del carro, el volante, la palanca de velocidades, las vestiduras. Las flores y musgo perfumaban los lugares más secos y calientes
Algunos ancianos estaban furiosos y llevaban tijeras o cuchillos y cortaban, raspaban para poder utilizar sus aparatos hechos de plástico. Pero los niños chiquitos, los jóvenes enamorados cortaban flores y las regalaban, las ponían en sus mochilas: las seguían dispersando.
En la escuela, los borradores, los espirales de los cuadernos, los forros de colores, los logos de las escuelas, los tenis deportivos, los plumones de pintarrones, las cortinas, empezaban a llenarse de esa extraña plaga.
Hubo quien invirtió en herbicidas, litros y litros de cloro sobre las plantas enraizadas en el plástico, para que al día siguiente volvieran a brotar. Luego los mismos contenedores eran en verdad invernaderos del helecho florido.
Así de pronto la ciudad de cantera, lucía como una selva.
Una selva que empezó a atraer lluvias, grandes lluvias
monzónicas lluvias
Al cuarto día de lluvia, de los plásticos, el helecho anidó en la cantera…
Yo finjo sorpresa del fenómeno, pues reconozco el helecho en medio de mi patio: madre de la nueva selva.
Y el Dios azul sonríe desde su sueño en forma de un claro cielo

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