jueves, 24 de octubre de 2013

Elisher mira en el espejo a la que fue reina (Capítulo I)



Hoy Elisher mira nostálgica su pasado, mientras dibuja formas sobre el agua: su anillo de bodas, su hijo fallecido en el parto, su marido asesinado por la espalda… Suspira tratando de recobrar la energía invertida en el miedo motor para sobrevivir. Por la premura del escape, la tumba de su amado esposo solamente pudo erigirse de piedra sobre piedra en el cuerpo de él, una oración en silencio, y con ayuda de sus hermanos,  encender fuego en el palacete para no dejar nada que robar para los invasores de la ciudad.

Mientras escapaba, con apenas lo puesto y con la espada del marido asegurada  en un costado de la cintura, cabalgó decidida a la montaña, repetía en el camino sin rumbo cierto, las palabras de la noche de bodas: “AMADO MÍO, TU PIEL MORENA ES MI COBIJA, LA LUNA ME TIENE CELOS CUANDO DUERMO PEQUEÑA ENTRE TUS BRAZOS. AMADO MÍO NUNCA TE VAYAS, NUNCA ME DEJES, TE PERSEGUIRÉ DESPUÉS DE LA MUERTE PARA ENCONTRARTE”.

Conmovido, el contestaba: “AMADA MIA, NO  TE AFLIJAS, NO HAY PODER QUE PUEDA SEPARARME DE TI, NUNCA, MI CUERPO ES EXTENSIÓN DEL TUYO. MIS BRAZOS SON SERVIDORES DE TUS DESEOS, ESTOY PARA COMPLACERTE Y PARA SOSTENERTE. NO TENGAS MIEDO, ENVEJECEREMOS JUNTOS Y YO PROCURARÉ UN FUNERAL SUNTUOSO, JUNTO A TUS NIETOS LLENAREMOS DE FLORES TU TUMBA Y YO CANTARÉ LOS AMORES DE ELISHER Y SU AMADO, PARA QUE SEAN RECORDADOS GENERACIÓN TRAS GENERACIÓN. AUNQUE NO SEPAN DE NUESTRA APARIENCIA, NUESTRO NOMBRE Y NUESTRA HISTORIA VIVIRÁN ETERNAMENTE, TODOS QUERRÁN VIVIR NUESTRA HISTORIA”.

Que lejos se ve el pueblo, visto desde las faldas de la montaña, el fuego y el humo de su vivienda es apenas visto, sin embargo dibuja y desdibuja formas en el cielo. Se cierra el sueño de un amor intenso, el cual no pudo ser eterno, la única trascendencia que queda de ello es el consuelo de haber vivido el amor humano. Sin embargo, el destino es uno, no importa cuánto nos esforcemos por construir una torre firme, si los dioses lanzaron los dados, nuestros pasos se dirigirán hacia lo que ellos han decidido en su quehacer….

Hoy Elisher está de cunclillas observando sabiamente el pasado para volver a aprender, esta mujer poderosa que temen con respeto supremo la naturaleza y los animales del bosque, los reyes y mendigos, aquella que con una mirada puede decidir el destino de los que se plantan frente suyo, abre la puerta del recuerdo y se mira en el momento clave de su dolorosa libertad, repasa el cómo la imposición de la sangre y la soledad parieron de nueva cuenta su talante y su gracia, pues no sería más la fiel y elegante esposa que entregaría caricias a su primer y único hombre. Eso cambió para siempre, de golpe.

“TUS MANOS BLANCAS ELISHER ROMPEN MI SOLEDAD OSCURA, ABRÁZAME CON TU SUAVE LUZ. DE DÍA Y DE NOCHE TU FIGURA ANUNCIA PAZ Y BELLEZA. SI NO TE VEO AMOR MÍO SIENTO LA SINRAZÓN. ME QUITASTE EL GUSTO POR ESTAR SOLO, NO ME CONCIBO SIN TI. CADA DÍA, CADA HORA MIS SIENES SE DIRIGEN A TI.”

“NO ME AMES TANTO ELISHER, NO ESTOY ACOSTUMBRADO A TANTA SUAVIDAD, ESTOY BAJANDO LA GUARDIA Y CADA QUE TE VEO LO DEMÁS DESAPARECE ANTE MIS OJOS. INSIGNIFICANTE COMO LA BRIZNA DE POLVO ESTACIONADA EN TU FALDA, ASÍ ES MI PRESENCIA. ELISHER, LO DIGO COMO UNA SÚPLICA, SI ALGUIEN ME ATACARA EN LA CONTEMPLACIÓN DE TU BELLEZA, SEGURAMENTE NO TENDRÍA FUERZA ALGUNA PARA DEFENDERME”.

La venganza llegó de golpe, también, de manera sorpresiva, una vez que decidió renunciar a ella, cuando había dejado de importarle. A cambio de la pérdida, la vida le entregó poder y plenitud, un marido y un hijo resultaban ser algo diferente, inconsecuente con la nueva línea de vida.

Nacida bajo una condición privilegiada, una Melutin educada en casa  con los mejores maestros, pese a su condición femenina, aprendió a leer a escribir, hablaba y escribía en tres lenguas: griego, latín y árabe, descubrió literatura tan antigua como la humanidad misma gracias a los comerciantes árabes que visitaban a su padre y se hospedaban en su casa esporádicamente: llenaban la casa paterna de tesoros de Asia, estatuillas semianimales, semihumanas, telas brillantes, libros, joyas, perfumes, juegos de ajedrez, instrumentos de cuerdas; hacían intercambios, un trueque de los tesoros de Constantinopla, por los muchos de los tesoros de Asia. La niñez fue una suma de brillo y gracia.

Su familia había comenzado su próspera genealogía con un lejano ascendiente que siendo siervo  huyo a la ciudad de Rascia, sabía que solamente tenía que sobrevivir un año sin que lo encontrara su amo, pasó así varios días deambulando en las calles, comiendo sobras, hasta que un carretonero le pidió ayuda para llevar su carga hasta un taller, por supuesto no se hizo del rogar y desde esa primera vez, donde solo le pagaron con la comida del día, a los días siguientes en que no solo ayudaba a trasladar los materiales, hasta convertirse en otro carretonero por cinco años, luego ascender a aprendiz durante veinte años, y al final abrir el propio de taller de bordados, y diez años más para  emigrar con su taller al norte de Italia, para generar la fortuna que sostendría por generaciones a su próspera familia. Elisher era descendiente de  tercera generación, su padre regresó al pueblo de origen, colocando un taller y erigiendo un palacio para su familia, de aquel pueblo encaramado en las montañas.

Pasó que tenía nula esperanza de encontrar al asesino y una ocasión, Elisher mendigando en harapos, unas monedas se depositaron en su mano y le bendijeron. Esa voz estremeció a su delgadísimo cuerpo. Reconoció la voz, era la misma de aquel bandido que le robó la vida de su amado marido y de su dignidad. Brrr, como un relámpago previo al trueno, poderosamente las imágenes de ese recuerdo enterrado se descubrieron en avalancha:

El cuerpo sin vida, degollado, con los ojos vacíos parecía contemplar impotente el sometimiento de su esposa, a quien embistió el perpetrador y como trofeo cortó la trenza castaña, como quien sesga la cosecha.

La casa revuelta, salpicada, saqueada, humillada. Nadie parecía oír su llanto. Esa noche no hubo chimenea en la cocina, en su lugar hubo una pira, una tumba de piedras, la huida.

Allí estaba ahora frente a ella de nuevo, hipócritamente se conducía como un ejemplo para la ciudad y era seguido por un séquito. ¿El destino se reía de ella o con ella?, ¿qué significaba ahora este encuentro? Elisher esperó a que diera la vuelta en la esquina para caminar tranquila y seguirle a distancia. Debería encontrar su actual guarida.

Es el momento de tomar su trenza y la cabeza del bandido, con tiempo las tendrá en sus manos, sin apenas involucrarse en la venganza. Elisher escupe en la puerta del palacio y dibuja con ella su epigrama. La empujan los guardias del palacio y se va sonriendo, el final se ha decretado.


La bruja se despide del espejo de agua, resopla moviendo la cabeza hacia los lados. No queda nada del pasado, queda solamente el recuerdo, un sueño desdibujándose al tiempo que sus dedos rompen su figura en el agua.

Reza al terminar su ritual: “Me muevo sin moverme, camino sin echar raíz, toco la mente de otros en medio de sus sueños para  evitar la responsabilidad y así serán ejecutan los actos que he decretado, a pesar de que un día pase el mundo, a pesar de que se acabe mi historia, mis palabras se cumplirán”.

Control pleno no existe, las variables tienen vida propia y por costumbre se salen de las manos. El director de orquesta no puede controlar todas las ejecuciones individuales y de vez en cuando se materializarán pequeños fracasos. Por eso la bella hechicera procura la ejecución desde otros, para no vanagloriarse por los éxitos o pagar las pérdidas, los frutos son para otros.

Llega la luz del día y Elisher vuelve a su hechizo, el que esconde sus facciones dulces, su cabello brillante, su piel lozana. Su ropa vuelve a ser harapos y se encamina a la Ciudad, para encontrar la punta del hilo de donde comenzar a tejer la trama de la caída de aquel que dio comienzo al presente destino.



lunes, 21 de octubre de 2013

viernes a domingo


Viernes, querido viernes… otra vez nos encontramos uno frente a otro, ¿qué hacemos hoy? dice un poco en broma la gitana:

"El viernes mi noble rey pide que me lleven a su alcoba para aleccionar a su esposa en las artes amatorias y mientras practican mis enseñanzas los observo con regocijo en su placer, y de vez en vez el rey me regala su semen como pago. Otras ocasiones mi noble reina se escabulle para que el rey me monte libremente, mientras ella nos mira detrás de la cortina, aprendiendo a planear el camino del placer y encontrar su propio sello amatorio".

"Acúsome de regocijarme en los abrazos de viejos amigos en sábado, especialmente del guerrero que viene de lejos todas las mañanas a visitarme a pedir un simple vaso de agua. Si no estoy atendiendo a aldeanos que buscan consejo o un hechizo, pasa al centro de la cocina y mi choza se vuelve invisible e inaudible para cualquiera que pase por los caminos cercanos, pues nos convertimos en un animal, por varias horas".

"Hoy domingo, sin embargo, mi corazón se desborda del pecho y se ha acurrucado en la almohada del  hijo de mi vecina, quien tiene veinte años y me recuerda al hijo que nunca pude criar, creo que conversaremos toda la noche, entre seducción y ternuras..."

Elisher ha dejado de ser casadera, aunque es amada por bella, por generosa y sabia.

El veneno en pequeñas dosis es medicina, pero beber de golpe todo el brebaje dejaría inerte su poder. Elisher por cortesía se va sin que despunte el sol, para que cada uno de ellos la recuerde como un bello sueño antes de romper el hechizo y se esconde en la apariencia de la anciana de siempre, vagando vestida en harapos y que mendiga sigilosa en las ciudades.

Te espero en medio del cielo


Mientras caigo del precipicio, sé que es imposible estrellarme,  si bato mis alas y despego, es probable que contemple tu caída… mis alas no resistirán el peso de tu inexperiencia. Te advertí de no invitarme a volar, pues el cielo es mío, en cambio tú nunca has salido del nido.

El precipicio te reclama implacable. Pero me pediste volar contigo, durante tres meses… si te tomo y vuelas a costa de mis alas, en cuanto te suelte, caerás de nuevo, si te dejo sobre tierra firme, me acusarás de haberte abandonado… el precipicio tiene su propio poder y de  verdad, tiene a sus propios guardianes.

Bate con fuerza tus propias alas… te espero en medio del cielo


SOFÍA DUBITATIVA


Dubitativa, curiosa, asombrada de que la admiración a su persona subsistiera, ella que pensaba que era ocaso temprano, desnudez de huesos y músculos magros, ella que no creía que sus palabras ameritaran ser escuchadas, ella estaba al centro de la sala, con todas las miradas y oídos centrados en lo que podía decir. Era necesario para el grupo saber de su voz lo ocurrido.

La justicia del sobreviviente viene después de que ha pasado la batalla. Justo ahora, cuando se había dado cuenta que no tenía a nadie y debería arrebatar su propia vida de manos del que pretendía ahogarla, intercambiando la suerte en el intento de sobrevivir, destruyendo la vida del agresor.

Esa justicia llegaba justo ahora, cuando se le reconocía inocente, la atención de los reflectores sobre su historia.

No importaba lo agotada o lo inverosímil de este punto, lo importante era hablar frente al grupo que la aguardaba. Sofía  acarició el cuello de su propia blusa, y luego entrelazó sus manos pequeñas sobre su pancita, acercó el micrófono y lanzó un profundo suspiro antes de comenzar.

 

Las sobras del desastre vienen arremolinadas en el relato de Sofía, quien sabía de memoria la historia, pues durante años la misma anécdota insana se repitió una y otra vez, como un mal dejavú, donde solamente era un títere que había perdido la voluntad y el control, hasta ese día que castró a su amante.

 

Conocí a mi Ariel sin buscarlo, me abrumaron sus palabras de amor:

“Te amo más que a mi vida, más que al mismo aire te necesito para respirar, más que a cualquier otra cosa. Nunca me dejes Sofía, nunca… no sé qué haría sin ti”.

De estas palabras que me hicieron sentir la mujer más importante y necesaria en la vida de otro, se generaron grilletes y cadenas que me impidieron volver a moverme. Hace diez años escuché estas palabras de Ariel, mientras me acariciaba el cabello cercano a la nuca, las mismas palabras que me repetía cada que nos enojábamos, cada vez que algo salía mal, cada vez que nos reconciliamos y cada vez que alguien nos elogiaba al estar juntos.

Ayer mientras me tenía boca abajo y me penetraba, ayer mientras intentaba asfixiarme contra la almohada, ayer… también me recordaba la jaculatoria de amor.

Esperaba sentir alivio al final, yo sabía que los pleitos eran pasajeros. Ariel era muy espléndido por largos períodos de culpa, con regalos, detalles de amabilidad y romanticismo. De reina de cuento encantado a la bruja culpable de todo. De hacer el amor sobre la mesa, a esquivarla cuando estaba enojado y al final estrenar nuevos muebles para olvidar la mala vibra dejada en los muebles rotos.

Este era un pleito más… aunque nunca me había puesto una almohada sobre la cara, y era la primera vez que escuchaba  “ya te puedo decir adiós por fin”.

En ese momento tomé uno de sus testículos, que tenía bien medidos en distancia, benditos testículos que muchas veces detuvieron la violencia y se transformaron en momentos de placer, yo sabía acariciarlos de la manera que más le gustaban, poniéndole la carne de gallina, provocándole la erección más deliciosa que me premiaba de la sumisa recepción de golpes en mi cuerpo.

Aunque esta vez, aunque contuve la respiración suficiente tiempo, el masaje testicular no provocó la seducción. El miedo se apoderó de mí y como un reflejo apreté dedos y uñas como si tuviera que arrancar una bomba explosiva de entre sus piernas.

Soltó la almohada para salvar sus bolas, pude respirar… propinar una patada a su cuerpo arrodillado, en rictus de dolor… correr medio desnuda a la puerta… oí un grito, casi un rugido ininteligible…

Todo a mi alrededor se convirtió en una masa acuosa, pintada de color violeta, más que caminar parecía nadar, sentí un temblor que casi me paraliza.

Recuerdo ese momento, recuerdo que lo ví venir hacia mí con toda su furia. Luego recuerdo verme llena de sangre y su cuerpo boca abajo, con los ojos abiertos, mirando al vacío.  Me recuerdo a mí misma sentarme frente a su cuerpo en el suelo, preguntándome qué pasó, reclamándole.

Recuerdo que tocaron la puerta, la vecina que se le olvidó a qué venía… la ambulancia, la policía, las decenas de interrogatorios, el juicio.

Hoy aquí, extrañando a Diego consolarme con su jaculatoria de amor.

Sofía es declarada inocente, aunque se siente culpable.

Suspira cada día, como niña perdida que perdió su casa, aún no sabe quién es, ni para dónde irá.
Así camina libre Sofía Dubitativa.

viernes, 11 de octubre de 2013


Te veo igual que siempre.

Sin embargo hoy es diferente

Desnudos, conversando las anécdotas del pasado, entre mis brazos desmadejas tus historias infantiles, toco tu rostro, te beso, nos contemplamos como se contempla al espejo, tratando de encontrar coincidencias.

En este punto de quiebre, representamos la encrucijada de dos astros mirándose a los ojos por unos instantes: cual Sol gobernando el día, la materia, persiguiendo el fruto, estás Tú.

Yo me integro a la naturaleza y mi fragancia es la de las flores, mi poder es lunar, de noche mis brazos refugian la vida y en mi oscuridad vibro con otros en sus deseos y emociones.

Hoy vivimos instantes de contemplación, extasiándonos con la belleza diferente, sabiendo que es solamente saludo y despedida.

Libre y voluble como la Luna, no puedo ni quiero pedirle al Sol que alumbre mi noche, pues mi tiempo y mi gobierno es de confusión y reconciliación, la magia y el secreto, al igual que la Luna, es opaca en el día, tu abrasiva presencia no es coherente con estos huesos y esta muerte de color.

Tú buscas vida, persigues el triunfo. Yo espero la muerte y los silencios como eterna concreción de todos los caminos.

Pero cada que termina la noche y comienza tu reinado diurno nos volvemos a contemplar una vez más, y así será eternamente hasta que el día y la noche dejen de tener diferencias.

miércoles, 9 de octubre de 2013

Sin verdad qué defender


Escribo lo que pienso, y pienso en ti, en tu piel morena y en tu olor de masa de maíz,  la suave lozanía de tus treintas, el peso de tu pecho sobre mi pecho, pienso en el mundo sin palabras que construimos en dos días.

Temo que este día será soberbiamente largo y que verte no signifique nada después de lo que pasamos. Temo que una vez llegada la cima de nuestra escalada romántica comience a desdibujarte de mi deseo día a día, pretendiendo que todo fue un sueño, que quizás lo inventé.

La verdad es que no hay verdad que defender, no hay delito que perseguir: una vez degollado el cabrón en la mesa de sacrificio y saciarse con su sangre, no hay a quien salvar, nada que rescatar.

Te dejé vacío y con el cuerpo recargado en un extremo de la habitación. Me devoré tu sexo y tu corazón como frutos maduros, te exprimí cada gota de semen con mi boca, con mis manos, con mi vulva.

Que gourmet es el asesinato del amante a través del deseo, a través del amor expuesto en la cama. Deshojarte a besos, arrancarte la ropa morderte, colocar la lengua en todas las partes que me lo pediste y me lo permitiste.

Pero pienso en ti, en cuánto te he disfrutado y cuánto tengo que olvidar.

Ayer me contemplabas con amor, pero hoy no quieres ni mirarme, y lo entiendo, porque demasiado exprimí tus emociones, porque el verme te cuestiona los días recién vividos y te enfrentas a todas las preguntas que te hice. Pero tus ojos redondos volverán a sujetarme en su mirada, cuando se asiente y tomen su lugar todas las cosas.

No soy nada más que viento que te empieza a empujar,  estás atado a mi ombligo, vuelas alto, pero siempre alrededor mío, y por eso me miras a hurtadillas, me buscas de lejos, reconoces mi risa.

Corre lo más lejos que puedas y respira, porque nos queda mucha historia por delante, más de la que puedes visualizar. Yo tengo la paciencia del río, siempre en el mismo lugar y siempre renovada. Sabes que mis aguas te calman, pero también envenenan. Sabes que estás intoxicado hasta la punta de los pies.

Pasada la resaca volverás.

el hilo de siete nudos


Un brujo me enseñó un truco para atar al amante para siempre al pie de la cama, mismo que fue consumado el domingo, cuando yacías cansado.  Me pregunto si acaso era necesario confabular la empresa.

Olvidé a propósito el contenedor y para mi sorpresa, me alcanzaste para entregarlo en mis manos. --Auxíliame por favor en evitar hacerte daño, no me acerques el veneno que contendrá tu copa--. Titubeé sobre lo que debía hacer, así que lo tomé como una señal para continuar.

Confieso culposamente que hoy disuelvo el hechizo, pues en el acto de darme cuenta, en el momento de medir tu altura y al atarte a mis deseos, el deseo se convirtió casi de inmediato en celos y en codicia, el amor en posesión y el interés en control, qué decir de cada uno de los nudos que no menciono.

Resulta que si hechizas, parte del hechizo te controla, si atas a otro te atas a ti, si arrojas a alguien al vacío caes de la mano con él hacia el despeñadero.

Al tercer día, al darme cuenta de mi obsesión por ti, quemé el hilo.

El brujo que me enseñó eso y tantas otras cosas, sabía que yo entendería que es mayor mi amor a la libertad que mi deseo de vivir acompañada: no podía enrolarme a una empresa que no era mía, o disminuir tu naturaleza en favor mío.

Que es más placentera la paz en los brazos de Morfeo, que el miedo de quedarse solo entre los brazos del amante. Que es más generoso el amante cuando se siente libre de dar, que cuando debe pagar el precio. Te devuelvo tu moneda y yo absorbo el precio con tal de mantener intacta la posibilidad de renovarme.