viernes, 8 de marzo de 2013

I y II

I
El ruido en la azotea es ruido de todas maneras, sin embargo le comentaré que
hay tres formas de dejar de sufrirlo: la primera es hacer más ruido abajo para opacar el que nos perturba; la segunda es dejar esa casa con ruido y buscar otra quizás más silenciosa (le deseo la mejor de las suertes) y la tercera es el provocar desde la azotea el ritmo que haga falta para armonizar el hogar.
Conclusión: infinito número de veces en que se decidirá por convivir con el ruido, ser parte de él o ignorarlo...

La cuarta y la quinta formas tienen que ver con la muerte del sufriente o del ruido, cualquiera de ellas irremediablemente se darán, pues nada es para siempre, por eso la mención resultaba inútil mencionar mientras alguna subsistiera.

II
El clandestino amor y su clandestina sapiencia pretenden no existir y conservar amante anónimo autor de las sonrisas sin sentido del cada día. El clandestino amor pretende ser invisible, inexistente y silencioso, algo así como anónimo y espía... el clandestino se le olvida a veces que simplemente es el que juega a ser la negación infinita que sólo confirma lo que se sabe desde el principio.

El clandestino amor en público es como cualquier admirador platónico que se conforma con la contemplación del objeto amado y dado que existe la tecnología, los mensajes y la correspondencia, así como las indirectas en las redes sociales sostienen afectivamente la telaraña.

El clandestino amor no se permite mencionar, porque pierde su fuerza y poder. Quízás en algún momento comenzó prohibido, pero ya sin necesidad sigue floreciendo amurallado por la confusión de voces. Su nombre es como cualquier intrascendente nombre, un cuerpo oscuro caminando de incógnito en las sombras.

El clandestino amor es parecido al amor a sí mismo, porque solamente a los interesados en ello les importa, los demás ni le conocen



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