lunes, 6 de enero de 2014

LA VENGANZA DE LA GITANA (Capítulo II)

Elisher entró montada en su caballo cruzando las puertas del pueblo con sus mejores atavíos, semejantes a los de una princesa, aunque la hora matutina que la ve llegar la desconoce, pues erguida y hermosa desfila ante aquellos que siempre la han visto de harapienta.
Son vísperas de la fiesta de otoño, la llegada de una mujer en su propio caballo, al antiguo estilo persa deja sin cuidado a los mercaderes atareados, Ella observa con cuidado la ciudad, y tira al suelo una fruta, espera unos segundos solamente, un par de niños llegan corriendo para levantarla, se ofrecen a servirla en su estancia en la ciudad, la llevan a una posada y ella los viste adecuadamente para el rango que quiere mostrar. Elisher sabe que para ser creíble la puesta en escena de una noble, tendrá que contar con al menos dos sirvientes, así que acicala a sus voluntarios, dejándolos casi irreconocibles y los llena de regalos para que se queden con ella de buena gana, les enseña dos o tres ademanes y les enseña jaculatorias serviles para que respondan específicamente a algunas de sus órdenes.
Llega a tiempo de los preparativos posteriores a la cosecha, la pequeña ciudadela se llena año con año de visitantes que disfrutan de las fiestas de otoño, hay que celebrar la prosperidad y asegurar la fertilidad del suelo. En sincretismo con las antiguas costumbres paganas, el cristianismo ha fundido ambas creencias, a descontento de algunos cristianos puristas, pero que a la mayoría encantan, donde desfilan con las coronas tejidas de pastizales de trigo y los trajes kurentovanie, los vestidos tradicionales se están confeccionando en toda la ciudadela. Solo falta ubicar las rutas de acceso al palacete de Aquel, el número de vigilantes, apariencia de los acompañantes y posibles aliados. Mañana comienza la fiesta del   en la región cercana a Eslovenia. Elisher camina por las calles, para dejarse ver, para conocer las voces del pueblo, a sabiendas que los poderosos siempre tienen detractores. Pregunta, compra e intercambia bienes. Nadie sospecha de una visitante más, aunque parezca excéntrico ver a una mujer acompañada únicamente por dos niños, pero seguramente se atribuye a que los visitantes siempre tienen costumbres diferentes.
En su  largo paseo, finalmente encuentra a su agresor dando su discurso en el antiguo anfiteatro, rodeado de gente y nota el cómo algunos aunque votan a favor, lo hacen de manera reservada. Primero observa desde lejos. Mira sus ademanes elegantes y su voz potente. El recuerdo la eriza por un momento, pero contiene la respiración y se convence de caminar a la luz y buscar un asiento, del lado de las mujeres y los extranjeros, que solo tienen derecho a escuchar.
Convencida de que no importa ser vista entre la gente, pues es invisible para la vista del orador, se concentra en observar la dinámica que se le presenta ante sus ojos, quienes conforman la jerarquía a simple vista. Reconoce a un lejano pariente entre el grupo de los curules, pero no a la inversa, al cruzarse las miradas es obvio que  la mira sin mirarla, parece que el rumor extendido por sus hermanos sobre su muerte resultó efectivo, nadie la espera, nadie la busca. En otro  momento parece  que el orador se siente curioso y gira la cabeza hacia la sección de testigos y clava su mirada sobre Elisher por breves segundos, como si  diez años después se tratara de una persona totalmente distinta, nadie la puede relacionar con lo que alguna vez fue, en ese momento Elisher mira a su ojo izquierdo y murmura palabras que solo ella entiende. Unos segundos después se retira del lugar.
Elisher pide a los niños que le tejan una pojinka: una corona de pastizal de trigo, ya había pedido permiso a las mujeres del anfiteatro para unirse al desfile y caminar al lado de las casadas que llevan uvas y vino acompañadas de sus niños pequeños, quienes llevarían lámparas de papel.
El desfile animado por los músicos que tocan una especie de violín llamado glussé, un pequeño tambor llamado tupane, panderetas y mandolinas, en segundo lugar del desfile las mujeres solteras con canastas de frutas, especialmente uvas, lámparas de papel, seguidas de las mujeres madres y sus hijos, y al final los varones con su ropaje de piel  llamados kurant que de cuando en cuando se mueven en círculos imitando los sonidos del ganado. Los aplausos de la gente al ritmo de la música, los bailes, el vino, todo parece tan feliz y luminoso.
Siempre hay un lugar privilegiado para que al paso del desfile, los poderosos y ricos se deleiten por sobre la mirada de la gente. En el frenesí de los festejos nadie notó la mirada de la gitana sobre su presa, quien brindaba al compás de la música con el resto de los acompañantes.
Pero hubo alguien que notó a la gitana y la reconoció, un muchacho moreno, alto y erguido, que la conocía desde niño, pues a los diez años, había vivido en su casa mientras se recuperaba de su enfermedad, cuidado por ella. Tanto su madre como Él le tenían especial cariño y devoción desde entonces. Pese a que él ahora tenía la mitad de la edad de Ella, guardaba un enamoramiento en secreto. En cuanto la reconoció empezó a seguirla y una vez terminado el desfile la saludó con entusiasmo. Elisher estaba sorprendida en un primer momento, pero resolvió tomar partido del involuntario aliado que llegaba a su lado, le consiguió una máscara también a su acompañante y pasearon juntos de noche por la ciudadela, siempre será menos sospechosa una pareja que camina entre las calles de noche, que una mujer solitaria, y así se sucedió esta velada entre brindis, caminata y cena, les sorprendió casi al final del paseo un beso cálido entre ellos, rodeados de gente que pasaba de largo a sus costados como si fueran invisibles, como si la mágica luz creada se percibiera en una burbuja que permeara el exterior, él le juró amor eterno, como era de esperarse del primer amor, ella le prodigó caricias tiernas en su rostro mientras conversaban, sin embargo, se reservó de invitarlo a su posada mientras se encontraba de visita, dada la apariencia que estaba construyendo. Le despidió con la promesa de verle al día siguiente.
Recapitulando a la luz de la vela cada uno de los pasos dados y los que estaba por andar, la gitana se recuesta en la cama custodiada por el un costado por el par de niños que desde hace horas se le adelantaron en el mundo de los sueños.   
Al día siguiente, después de bendecir el día, empaca sus pocas cosas y regala pródigamente las nuevas adquisiciones a sus nuevas amistades. La esposa del jefe de gobierno se encontraba de paseo cuando la extranjera se la topó casualmente, antes de subir al caballo. Qué mujer tan elegante y excéntrica, pues le regaló su capa bordada con extraños motivos dorados, no pudo sino expresarle su preocupación por no poder quedar preñada. La extranjera le dio la referencia de una bruja que vivía en las montañas, casi milagrosa para cualquier problema de salud. De suerte que se vieron y que la extranjera al parecer tenía un brebaje para poder quedar en cinta que le dio la pócima, a fin de cuentas, ella vería pronto a la curandera.
Una vez montada, emprendió el viaje cuesta arriba de las montañas. Su joven enamorado ya no le encontró en la posada.
Pasaron tres meses, donde los menesteres de hechicera la tuvieron ocupada, se propuso construir un cuarto nuevo con sus manos, ya tiempo atrás había recibido en pago leña y ladrillos de adobe. Preparó la mezcla con lodo, varas, estiércol de vaca y preparó el terreno, midió el espacio y después de colocar los postes, apoyándose con una polea y con ayuda de su caballo, comenzó a erigir el muro que daba al norte en primer lugar, colocando una ventana alta para la iluminación. Al comenzar  el segundo muro su joven pretendiente se hace presente. Elisher le sonríe de buena gana y acepta su compañía, su ayuda y termina en dos semanas con la pertinente participación el espacio. Construyen una cama, un ropero y una cuna. Romualdo se adapta a vivir las dos primeras semanas como trabajador, pero cuando el trabajo termina, de manera tímida comienza a delatar sus intenciones.
Mientras Elisher prepara ungüento de leche, miel y lavanda para recuperar la piel de sus manos, su joven amante sale a cazar y regresa con un par de conejos, a los cuales prepara para asarlos, prepara la pira y cocina fuera de la cabaña. Después de comer prepara el curtido de las pieles y cose una cortina para una de las ventanas del nuevo cuarto. La bella gitana observa como quien está sorprendida y alaba las atenciones de su cariñoso compañero.
De noche, el joven moreno le pide que le deje quedarse una noche más y arrodillado le confiesa su devoto amor, __”cásate conmigo por favor”__,              
La mujer del jefe de gobierno está en cinta, es un milagro. La bruja le recibe en su cabaña  para atender sus achaques y darle recomendaciones de cuidado. Le hace un pedido extraño: Hay una trenza dorada en un baúl de su marido, cuyo origen no es del todo noble, deberá recuperarlo y traérselo para quemarlo, eso sin duda eliminará el mal de ojo que le ronda. Dado que la noble tenía mucho tiempo libre dentro de su casa, animó a un par de criadas a ordenar todos los baúles y a buscar pieles u otra cosa que valiera la pena ahumar para ahuyentar alimañas, como pulgas u otros parásitos. Así, después de dos días, encontraron la trenza de la que hablaba la bruja. Con sorpresa por el conocimiento de aquel objeto y agradecimiento por el cuidado, la mujer la colocó en un paño y la echó en una bolsa antes de iniciar el camino. Se guardaron todos los objetos en el lugar donde habían sido sacados, y en lugar de la trenza original, se tomó pelo de un caballo albino para reemplazar la anterior, reproduciendo lo más fiel posible los lazos y sus nudos para guardarlo.
Elisher recibió la ofrenda y en un rito de fuego quemó el pasado, el origen violento del amuleto y liberó a los involucrados de la maldición que llevaba encima. Llenó de bendiciones a la mujer y la dejó retirarse para terminar noblemente su embarazo, bajo los cuidados de sus criados.

La mujer está a punto de dar a luz, son las cuatro de la mañana, Elisher se ha levantado a caminar, pues su instinto le ha avisado que es hora, corre como si algo urgiera en dirección al río que se encuentra al costado del pueblo, se viste hoy como un muchacho y porta su espada. Llegando encuentra a un guardia recargado en un árbol y espera a metros de distancia… su joven amante le ha seguido, sin saber el porqué de la prisa, pero  los celos le consumen. El guardia se sienta y dormita, Elisher le pone un frasco cerca de la nariz para que huela un brebaje que lo hace dormir aún más profundamente.
Intercambia sus ropas por las del guarda,  toma la bola de puntas y espera al noble que regresa a vestirse, en lugar de su compañero de confianza, mira un muchacho que lo mira retadoramente. ¿Quién es?, ¿por qué está aquí? Elisher le habla con voz clara y fuerte: “Seguro ya no me recuerdas, muchas cosas han pasado desde entonces” El noble se hinca, pues después del extrañamiento, un vuelco en su corazón sabe que su final está cerca, besa su túnica y le pide perdón.
Elisher le advierte que puede matarlo en ese momento, pero que no lo hará, sin embargo, el hijo que espera le hará pagar sus excesos. Será la última vez que se vean. Elisher desperdiga las cenizas de su trenza cortada sobre su cabeza y camina hacia atrás, hasta que está suficiente mente retirada para acercarse a su caballo y retirarse.

El muchacho moreno que ha visto y oído todo, poseído por la rabia, se acerca frenético al noble todavía hincado, a quien le corta la cabeza con su espada, que arroja de vuelta al río, con el cuerpo y las ropas.  Los caballeros de la guardia observan regresar a los caballos reales solos y se apresuran a regresar al bosque, encontrando al joven a pie todavía, a quien ejecutan al instante.

Otro problema sucede al mismo tiempo en la casa real, los dolores de parto despiertan a todos en el palacio. Una matrona se hace cargo en lo que un criado monta veloz hacia las montañas, para traer a la curandera, pues su ama ha rogado que sea Ella misma quien le ayude a dar a luz.

Elisher guarda las ropas de hombre y se viste como siempre, mientras enciende fuego. Tocan la puerta de su cabaña. Está lista para partir.

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