martes, 15 de abril de 2014

Elisher madre (Capítulo III)

Elisher envuelve al bebé con su chal y lo ata a la espalda, recibe las joyas de la reina madre y le regala un veneno para ahorrarle las desaveniencias futuras,  se encamina a las cloacas del patio, antes de que lleguen los guardias. Sale por el desagüe que da al canal del castillo, mojando su cuerpo hasta las rodillas. Sabe de memoria el camino de regreso, se guarda de ir lento el camino hasta la entrada del bosque, donde le espera una muda de ropa para ella y el bebé, una carreta los espera, toma el lugar del chofer, colocando antes al bebé en un moisés.

La reina quedó con su corazón y su vientre vacío de dolor. Aunque es su decisión, llora por sus dos varones, destapa la pequeña botella y bebe de golpe el veneno. Al llegar los guardias no pueden impedir que ella muera, nada hay que hacer… en un reino sin rey ni heredero se vendrá irremediablemente la guerra.

Si recuerda querido lector, la cabaña que había construido la gitana y su joven amante ya tiene  preparado desde hace meses el cuarto, la cuna y la leche para el recién nacido. Sin saberlo este muchacho había puesto sus últimos días en favor del amor, pensaba ilusoriamente que se preparaba para un hijo de ambos y se dejaba guiar por la mujer que amó desde niño. Entre el agradecimiento que le profesaba por haber ayudado a su propia madre desde que él tenía memoria. Recuerda a dos madres, una que salía diario a la calle para pedir limosna y conseguir alimentos y otra que mantenía el hogar limpio, caliente y seguro. Las dos madres, como hermanas convivían y le cuidaban, le enseñaron a cultivar la tierra, a armar ladrillos, a trabajar la lana, a cocinar, a tocar la flauta y la pandereta. Entre las dos madres su vida era plena, aunque de vez en vez las escuchaba platicar en la noche como susurrando. Por años durmió con los susurros por encima de su cabeza, como un arrullo con música de panal, con madres siempre activas, siempre pendientes, siempre activas. La primera vez que puso atención a una de esas pláticas se enteró de su origen, hasta entonces supo el por qué los niños le decían bastardo, hasta entonces supo que su madre y su padre no se habían amado antes de estar juntos, que su madre había sido forzada y humillada repetidas veces, durante tres días y al final abandonada en el camino, moribunda y sola. Hasta esa noche se enteró de que la gitana pasó y con la ayuda de un soldado la llevó a su casa en la montaña, que la alimentó, curó sus heridas y le ayudó a parir al hijo, que sería de las dos, durante varios años. La gitana cuidaba a su madre y su madre cuidaba a la gitana, incluso dormían juntas. Al principio parecía que su madre era más joven, pero conforme pasó el tiempo la única que parecía envejecer era su madre.

La gitana un día se fue, ya no por días, sino que simplemente no regresó más, a sus doce años quedó en la casa con su madre, valiéndose por sus propios medios, y esperando volverla a encontrar de nuevo.

Elisher es madre, por fin y su venganza ha sido concretada, la esperanza depende de sus mimos maternales. Madre adoptiva de un inocente, a quien “salvó” del destino de un reinado lleno de injusticias y sangre, no sabría nunca de su origen o del nombre de ése su padre, en cambio sería educado como lo fueron los Melutines y volverían a reinar Madre e hijo a su tiempo.
Son tiempos difíciles, es mejor que la mujer encuentre un marido, aunque sea manco, cojo o tuerto. Más vale tener un varón que cuidar, pero que incomode a los acechadores de la cama de una mujer solitaria y desanimar el intento de depredar, pues se ha llenado el lugar al lado de ella.
Elisher fabrica un muñeco de madera y le talla de tal suerte el rostro y las manos que la ilusión es perfecta. Maquillado y vestido el muñeco, se le acomoda detrás de la ventana, como si de un anciano se tratase.

Ella cría un niño, al que enseña a leer y escribir, un niño que ignora su linaje real y que ya a sus siete años sabe de herbolaria, de carpintería, de mitología y astrología. Elisher lo cría para que sea líder de un cambio, para detener tanta injusticia, lo ha tomado como hijo y aprendiz.
Los viajeros  de cuando en cuando pasan por la cabaña pidiendo agua, alimento u hospedaje y lo primero que se oye al tocar la verja es el tosido de un anciano, parecido al de una matraca, quien desde la ventana gira la cabeza al interior de la casa a manera de anuncio de la visita. Abre la puerta una mujer  robusta, pero elegante que pregunta las intenciones del visitante y por unas cuantas monedas recibe a los que lo piden, dando alimento y una habitación limpia.
Hay un niño que le toca el flautín a las cabras y las vacas todas las tardes, mientras los adultos comen en la cocina. El niño de rasgos amables, ojos claros, que sabe tallar la madera y que escribe a solas, juega solitario en el bosque mientras su madre canta a la naturaleza.

Los viajeros no saben que al caminar por los senderos que cruzan hacia la posada se activan campanas, lo que alista en la exposición de la escena a los dos actores y su maniquí. Elisher usa un disfraz grande para abrir la puerta, con rellenos, para verse más corpulenta, como una matrona cuarentona.

Las semanas donde no se ven los huéspedes, la simbiosis de madre e hijo convergen en largas pláticas:
-Mamá, ¿podemos comer postre?
-No, estás enfermo del estómago. Pero no te preocupes, yo tampoco comeré.
-¿Por qué me duele?
-Porque no toleras la leche mi niño, desde bebecito, no tomaste bien la leche, ni siquiera de tu mamá. No vuelvas a tomar a escondidas leche, ni queso. 
-¿Puedo comer jalea de zarzamora?
-Eso sí mi niño, pero solamente un poco, porque luego no comes bien. Ven querido mío, te contaré un cuento para que descanses, te cuidaré hasta que te sientas mejor.


 La voz de la reina recién parida le acompañaba: “Llévatelo, cuídalo, aléjalo de este nido de serpientes, no es necesario que sepa nunca de dónde viene, si eso lo mantiene a salvo y feliz para mí es suficiente”. “Abre el ropero, en la esquina, al fondo tengo un bolso de tela, con monedas de oro. Toma el alhajero de piel, debajo de la cachemira y toma las joyas… vete pronto, mis hermanos preferirán verme muerta y a mi hijo ahogado antes de que amanezca con tal de ocupar el reino, eso no ocurrirá, no en sus manos… llévatelo y escóndelo para siempre, confío solo en ti, en nadie más.”

Por segunda vez Elisher cría un hijo del mismo hombre, rescatándolos de un destino miserable y rescatándose a ella misma a través de este servicio. Esta vez era hijo de rey y reina, pero desconoce su origen el niño y no lo sabrá hasta que sea el tiempo.

Elisher tiene un viejo amigo, un guerrero de pelo largo, que era rubio en sus años mozos y que ahora ha cultivado varias canas. La visita de ocasión en ocasión y se hace pasar por marido, hermano, mozo cuando se necesita, le ayuda en menesteres pesados para una mujer o para un adolescente. La ama, la admira, pero no la forza. A veces duerme en la entrada de la casa, vigilando, cuando los rumores de una nueva masacre están en el ambiente, a veces duerme en la cama con ella, a veces frente al fuego de la chimenea. Enseña al niño a cazar y a borrar sus huellas en el bosque, platica sobre lo que un hombre necesita, lo que un hombre está obligado a hacer. Le ha ofrecido a Elisher cien veces que se case con Él, y ella le dice que aún no es tiempo, pero que finalmente lo hará, que siga teniendo paciencia. El guerrero se da cuenta que con ninguna mujer se ha sentido como con ella, que no hay nadie que le envuelva como la gitana, así que se ha prometido dar su vida a cambio por protegerla aunque no sea su esposa.

El guerrero acondicionó una gruta como escondite de emergencia, a unos metros de la cabaña de Elisher y su hijo, y en caso de que se necesite, tengan tiempo de llegar y resguardarse del peligro. En ocasiones se desespera su amante y toma el camino hacia la Ciudad, a vivir como hombre solo y medir la temperatura de las circunstancias.

Decía a la mujer cuando la visitaba: “Déjame dormir esta noche contigo Elisher, déjame susurrar tu nombre de nuevo, o déjame estar en silencio. Te extraño mucho.”
En otras ocasiones Ella le impedía la entrada a su cuarto, ya fuera por la calidad de los huéspedes, o porque simplemente no estaba de humor para ser amada. Pero siempre volvían a estar de nuevo juntos.

“Quisiera sustituir el recuerdo de tu marido de piel morena y grabar como única la piel blanca de mis manos en tu cuerpo. Cuando vuelvas de tu enojo, cuando cobres tu venganza te esperaré con una sonrisa... ¿lo sabes?, ¿no es así? pienso en Tí todas las horas, aunque no te busque y aunque no te llame, de eso no tengas duda mi bella gitana. Te amo, como te amaré siempre”.


Elisher lo mira en silencio, con agradecimiento, pero con prudencia. Sabe que las cosas están cerca de cambiar, el peligro siempre acecha y su armoniosa vida es frágil. En la mañana responde: “Está bien, me casaré contigo, pero nuestras vidas seguirán siendo iguales, como hasta ahora”.

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